Montañas Vacías (Día 4): Zafrilla - La Puebla de Valverde
"La vida es así, un día te muestra el cielo salpicado de rosa y el otro ya es negra noche". MARTA ORRIOLS - Aprender a hablar con las plantas (2018).
El cuarto día de aventura amanece con dos malas noticias. La
primera, que el resfriado que vengo arrastrando desde hace unos días se ha
transformado en una congestión molesta y, la segunda, que fruto de saltarme la
dieta sin gluten, el estómago se me ha cerrado casi por completo. De hecho,
aunque me esfuerzo por desayunar, me acabo conformando con comer un plátano y
una manzana y el jamón del montadito que, con tan buena predisposición, me
habían preparado en Casa Papi la noche anterior (por cierto, un hostal mil por mil recomendable).
Por si fuera poco, nada más salir, arranca una subida de kilómetro
y medio y algo más de 90 metros de desnivel, terreno más que de sobra para
constatar que, sin ir al límite, las piernas giran con mucha menos soltura que
el día anterior. ¡Qué poco dura la alegría en casa del pobre!
| Primera cuesta del día |
Superado este ascenso, el track se interna por una zona
francamente bonita, la que dibuja el río Zafrilla en su búsqueda del Cabriel.
Hay una bajada rota en la que hay tirar de frenos, un llaneo por las
profundidades de un cañón, repechos puntuales y un par de tramos súper
incómodos en los que cuesta encontrar un milímetro de terreno sin piedras.
Finalmente, tras otro descenso vertiginoso, pero mucho menos complicado de lo
previsto, se alcanza el asfalto de la CUV-5003.
| Otro paraje para el recuerdo |
| Un placer pedalear por sitios así |
| Y en la más absoluta soledad |
El tramo carretero resulta agradable, pero debido al dolor de cabeza que empieza a provocarme la congestión, avanzo condicionado por una nube de pesimismo que me impide disfrutar completamente del entorno. Pienso en mi estado y en los 40 kilómetros de ascenso a Javalambre y, para que nos vamos a engañar, me siento muy vulnerable por primera vez en esta aventura.
| Bonita carretera, pese a todo |
| Se atisban mis demonios en el horizonte |
Fruto de este bajón, sufro más de la cuenta para llegar a El
Cuervo. Primero, porque toca superar tres repechos y, después, porque donde yo
creía que iba a haber asfalto, lo que me encuentro es una pista que exige lo
justo para hurgar en la herida.
| Malas sensaciones, pero unas vistas espectaculares |
| Llegando a la localidad de El Cuervo (Teruel) |
Consciente de que no puedo seguir así, me detengo a la
entrada de esta localidad aún aragonesa y me pido un café con una tostada.
Aunque sigo comiendo sin ganas, la parada me sirve para despejar la cabeza y
trazar una estrategia clara: llegar a Torrebaja gastando lo mínimo y parar allí
el tiempo que resulte necesario antes de afrontar el subidón a Javalambre.
| La parada fue en el singular Chiringuito Los Chorros |
"Come on in
Por fortuna, el terreno de esta zona, ya enmarcada en el
llamativo e interesante Rincón de Ademuz (Valencia), ayuda. Apenas hay desnivel
y la bici se desliza con facilidad por una sucesión de carreteras locales y
pequeños caminos asfaltados que, en un abrir y cerrar de ojos, me dejan a los
pies del monstruo.
| Entrando en Ademuz, un rincón de Valencia |
| Hola, Castielfabib (Valencia) |
| Adiós, Castielfabib (Valencia) |
En Torrebaja, compro plátanos, me bebo un Aquarius y una Coca-Cola, encargo un bocadillo para llevar y relleno botes. Además, en uno de ellos, me cuido de echar un sobre de carbohidratos, detalle que, creo, resultará crucial, dadas mis complicaciones para tragar algo sólido.
Javalambre, un coloso
Hasta Torrealta, una pedanía del anterior municipio, el
camino dibuja un ligero sube y baja, pero a partir de ese punto, lo que viene
es una larguísima sucesión de zonas muy exigentes, falsos llanos y alguna que
otra bajada. Toca superar 1.671 metros de desnivel en 39 kilómetros, números
que imponen, pero que en realidad dicen muy poco de una ascensión que quedará
para siempre grabada en mi recuerdo.
| Primeras rampas del coloso |
Los primeros 7,6 kilómetros, hasta el aeródromo forestal de
Ademuz, son ya mortíferos por su dureza y el implacable sol que domina el
cielo. Superados, y antes de encarar una reparadora bajada, paro un segundo a
comer un plátano y echar un buen trago a los carbohidratos.
| Un pequeño descanso antes de nuevos rampones |
| Cogiendo altura |
En el segundo asalto, los 16 kilómetros que me separan del
Collado del Buey, comienzo a, inexplicablemente, sentirme mejor, y aunque hay
algunas zonas de rampones duros y pedregosos, alcanzó esta pequeña plataforma
con buen ánimo. La dieta de plátanos y carbohidratos funciona.
| El Collado del Buey... Aún queda |
Pasada esta zona, justo antes de una nueva bajada, observo en la lejanía a un ciclista que acaba de salir de un refugio… ¡Y va de rojo! Eso sí, antes de que pueda frotarme los ojos para comprobar si es real o un simple espejismo, desaparece de mi horizonte.
| Una subida interminable |
| Parajes cada vez más abiertos y remotos |
El descenso que precede a la última parte de la subida es, con perdón, una putada. Se trata de dos kilómetros pedregosos en los que se dilapida buena parte de la altura conquistada con anterioridad. Además, acto seguido, y a balón parado, arrancan tres kilómetros machacones en los que al desnivel que toca salvar se suma un terreno cada vez más áspero que termina por deparar dos zonas intransitables. Cuando desmonto en la primera, miro hacia arriba y, otra vez, como surgido de la nada, aparece el ciclista de rojo. Él también le está dando al empujabike, circunstancia que por una parte me consuela (no soy el único…), pero por otra me previene de que, en nada, me tocará otra vez bajarme de la bici…
| Pedregales guapos |
| Ya casi no queda ni vegetación |
Superado este tramo infernal, lo que viene es un pequeño altiplano y un arreón
final de dos kilómetros. A esta altura,
cercana a los 2.000 metros, y sin vegetación alguna que pueda frenar su
ímpetu, Eolo campa sus anchas y me castiga con algunas rachas cruzadas que
amenazan con detener la bici casi de golpe. Agarro firmemente el manillar,
agacho la cabeza, aplico toda la fuerza que me queda sobre los pedales y, tras un tiempo indefinido que se me antoja
eterno, logro al fin coronar la subida.
| Territorio lunar |
| ¡Ya se ve la cima! |
La emoción que me embarga se sitúa al nivel del esfuerzo
realizado. En Torrebaja no daba ni un duro por mí y mira, aquí estoy,
disfrutando de un momento irrepetible en la más absoluta soledad. Porque sí,
del ciclista de rojo no hay ni rastro. O su visión no era más que un espejismo
o en cuanto ha coronado se ha tirado cuesta abajo sin mirar atrás…
| ¡Cima conquistada! Ni me lo creo |
| Desde allí abajo que vengo... |
Tras saborear el momento con calma, tirar unas cuantas fotos a la nada que rodea este pico y comer algo (lo poco que me entra, porque sigo con el estómago cerrado), enfilo la bajada convencido de que el día aún no ha acabado. De hecho, lo primero que hay que gestionar es una zona pelín traicionera en la que la pista presenta, de cuando en cuando, curvas cerradas, tramos pedregosos y pequeñas subidas. No es un tramo cómodo, y menos cuando vienes ya con cansancio acumulado.
| Bajada con miga |
Precisamente ese cansancio, más mental que físico todo hay
que decirlo, y una creciente sensación de achicharre a medida que voy perdiendo
altura, provocan que me relaje más de la cuenta cuando alcanzo un tramo de
asfalto y que, por puro despiste, me salte el desvío que me marca el GPS. Cuando
reacciono, estoy ya unos 500 metros más allá y, por no andar dando la vuelta,
decido seguir avanzando por la carretera, ya que track vuelve a confluir con
ella unos kilómetros más adelante. Error.
| Perdiendo altura |
Sí, error, porque aunque rodar por asfalto es más sencillo,
la bajada tiene trampa y me obliga a dar un rodeo y comerme un par de repechos
serios. De hecho, cuando reengancho con el recorrido original, tengo la
sensación de que he salido perdiendo, ya que por el camino habría sumado menos
desnivel.
Con el calor apretando de lo lindo, alcanzo, al fin, La Puebla de Valverde. Como apenas he comido nada sólido, decido posponer un ratito la entrada al hostal de turno y sentarme en un banco a comer el bocadillo que me acompaña desde unas cuantas horas. Pufff. Me como una parte sin ganas y, el resto, lo acabo compartiendo con un gatico famélico que, tras verme con las viandas, lleva un tiempo rondando mi banco.
| La Puebla de Valverde (Teruel). Punto y final de un día muy exigente |
Pese a todo, cuando al fin me tumbo a un rato a descansar,
hago un balance extraordinariamente positivo de un día largo, duro y difícil.
Sé que no me queda ya mucha gasolina, pero estoy decidido a cumplir con el reto
de completar Montañas Vacías en cinco días.
(Coldplay – Warning sign)
ALGUNOS DATOS
- Distancia: 126,12 km.
- Desnivel acumulado: 2.698 m.
- Velocidad media: 16 km/h
- Velocidad máxima: 60,7 km/h
- Tiempo total de pedaleo: 7h 53' 39"
- Hora de salida: 07:22
- Hora de llegada: 16:39
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