The Capitals (Día 1): Barcelona - Prades
Y me levanto por mis hijos, mi mujer, mis padres y mis
amigos, porque ellos siempre me tienden la mano. Y me levanto, sí, suena raro,
por la bici. Porque la puta sordera me arrebató la música, pero no ha podido acabar
con esta afición que mantiene los demonios de mi cabeza a raya y me limpia el
alma. Y por eso, porque uno anda siempre dándole vueltas de tuerca a la idea
de: “¿hasta dónde puedo llegar dando pedales?”, me apunté a The Capitals.
Tenía claro que participar en esta prueba debía ser un
proceso en el que el camino fuera, como mínimo, tan importante como el propio
desafío. Que cada salida o viaje en bici tuviera algo especial. Hacer muchos
kilómetros, claro, pero hacerlos por algo y, sobre todo, sintiendo algo. Ni
series ni planes ni historias. No me atrevería ni a llamarlo entrenamiento. Simplemente,
sumar horas de disfrute.
Y sí, a las 06:00 de la mañana del 19 de julio de 2026, me presento
en la salida de los Jardines de Miramar de Barcelona con mis deberes hechos. Ha
sido un año ciclista bárbaro. He disfrutado como nunca. Me siento en forma y,
sobre todo, me siento en paz. Lo que tenga que ser, será. A disfrutar.
La prueba arranca con un par de cosas que no me gustan y
que, creo, tampoco agradan en absoluto a los organizadores. La primera, el
ansia que muestran algunos por salir. Tanta, que uno de los impacientes se
adelanta al toque de la campana. Con excelente criterio, Ramón, uno de
los dos responsables del evento, le dice que retroceda y que, para evitar más tonterías, hará una cuenta atrás de 10 campanadas antes de dar la salida.
| Instantes previos a la salida, en los Jardines de Miramar (Barcelona) |
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| Sale la gente con prisa y me quedo casi el último 😅 (Foto de Roger Recasens) |
La segunda circunstancia que me desagrada es la velocidad a la que se arranca. Tanta que, en un abrir y cerrar de ojos, prácticamente me quedo en último lugar. Eso es lo de menos, el problema es que la gente no quiere perder comba y por ello realiza maniobras peligrosas y se salta normas de tráfico sin miramientos.
Afortunadamente, entre que hay poco tránsito y que tras un
pronunciado descenso por la ladera de Montjuic se entra en una especie de
carril bici que recorre el puerto, mis alarmas se apagan con celeridad y puedo
centrarme en el primer objetivo del día: buscar un ritmo adecuado que me
permita avanzar con agilidad hasta Martorell, localidad en la que empezarán las
cuestas.
| Barcelona empieza a quedar atrás... |
Tras un breve poligoneo, el track se aleja definitivamente del Mediterráneo y se interna por una senda verde junto al Llobregat. Por aquí, me sitúo a 10-15 metros de distancia de un terceto que lleva un ritmo alegre, pero tolerable. Gracias a este marcaje, el trayecto hasta las cercanías de Martorell, de unos 35 kilómetros, me resulta llevadero y me permite solventar sin problemas un primer sendero pedregoso en el que hay que buscar bien la trazada para no poner pie a tierra.
| Un bonito amanecer, camino de Martorell (Barcelona) |
Superada esta localidad, a la que se accede por el bonito y curioso Puente del Diablo, el asunto empieza a complicarse. De
entrada, toca una zona de continuos subes y bajas entre campos de labor en los
que, pese a ser muy pronto, el calor ya se deja notar. Sigo a lo mío. Sin
prestar demasiada atención al ritmo que llevan otros participantes. Avanzando
sin forzar.
| El curioso Puente del Diablo... Primer empujabike |
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| Controlando el ritmo entre campos de labor (Foto de Roger Recasens) |
| Llamando la atención de un vecino de Sant Sadurní d'Anoia (Barcelona) |
Pasado Sant Miquel d’Olérdola, arranca la primera subida más o menos larga del día, de unos siete kilómetros. Aunque hay tramos duros y zonas con piedra suelta, tramito el asunto con solvencia, sin gastar nada. Por cierto, por aquí cruzo cuatro palabras con Isidora, una ciclista chilena que parece llevar un ritmo parecido al mío, pero que, finalmente, llegará 30 horas antes que yo a meta y se convertirá en la primera mujer en completar la prueba… ¡Grande!
| Arranca la primera gran subida de la prueba... |
Tras una bajada trepidante y no exenta de cierto peligro por
la presencia de muchísima gravilla en las curvas, alcanzo la localidad de
Castellet, donde no dudo en parar en un bar a tomarme una Coca Cola y comprar
agua fresca. En la terraza del establecimiento, y mientras me como también uno
de los pequeños bocadillos que traigo en la bolsa delantera, coincido con Belén
(aún no sé que se llama así), participante con la que me cruzaré en varias
ocasiones de aquí en adelante. Ambos coincidimos en que el descenso ha sido
complicado y en que hace un calor absolutamente terrible para la hora del día
en la que nos encontramos.
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| Sonríe ahora que puedes... 😜 (Foto de Cesc Maymo) |
Ya en Tarragona, sello la tarjeta de control, busco una
tiendecita para comprar fruta y bebida y me siento en un parque algo
destartalado a reponer fuerzas. Aunque mi idea era haber alargado un poco más
la parada, no tardo ni 10 minutos en reemprender la marcha, ya que un nutrido
grupo de palomas no para de asediarme en busca de migajas… Las espanto, pero al
instante ya las tengo de vuelta. ¡Las ratas del aire!
| Tarragona, CP1. Una foto antes del asedio de las palomas |
Tras tirar un par de fotos al Teatro Romano y rozar de nuevo el Mediterráneo, abandono la ciudad catalana por una pista que discurre en paralelo al río Francolí. Al principio, el camino es cómodo, pero poco a poco se va estrechando y ensuciando hasta quedar convertido en un sendero pedregoso y angosto en ligera, pero clara tendencia ascendente por el que cuesta avanzar.
| Teatro Romano de Tarragona. La foto no hace justicia... |
Después de un giro a izquierdas, toca vadear el citado
Francolí. El río baja con poco caudal y me decido a cruzar montado, pero justo en la mitad soy atrapado por
la masa de gravilla y arena que conforma su lecho. Afortunadamente, reacciono a
tiempo y logro llegar a la otra orilla con tan solo los pies empapados.
Con Lorenzo apretando de lo lindo, la sensación de pies
mojados desaparece con enorme rapidez. De hecho, cuando llego a La Selva del
Camp lo único que me preocupa es el aplanamiento que me está provocando el
calor. No voy mal de piernas, pero en lo único que pienso es en sentarme a la
sombra y beberme hasta mi sangre.
Justo allí, en la entrada de la clásica tienda que tiene un
poco de todo, vuelvo a coincidir con Belén (aún no sé que se llama así) y, tras
otra breve conversación con ella, en la que me advierte de la dureza de la
subida a La Mussara y me dice ya ha reservado un hostal en Prades,
opto por buscar un alojamiento en la misma localidad. Con este calor y con una
subida aún por completar, entiendo que estirar aún más el día puede ser un
riesgo que me pase factura en días siguientes.
Una sabia decisión
El inicio de la subida a La Mussara me da la razón de
inmediato. Y es que, tras abandonar el asfalto, el track se interna por un
camino rugoso y empinado que lleva mis piernas al límite. Voy con todo el
desarrollo metido, pero sigo teniendo que hacer un esfuerzo ímprobo para no
poner pie a tierra. Siento que voy lentísimo, que no avanzo, pero la realidad
es que en este tramo logro superar al menos a dos participantes que han
decidido pararse bajo una sombra en busca de aliento. Como le diría a mi amigo DwarfCu: ¡No estamos tan mal!
Este doble adelantamiento y el hecho de que, de forma
imprevista, un manojo de nubes comienza a mitigar los efectos del sol, me ayuda
a dejar atrás este tramo infernal y alcanzar de nuevo la carretera. Justo aquí,
donde tierra y asfalto confluyen, paro a comer algo y, sobre todo, saciar mi
sed. Estoy bebiendo hoy más que nunca.
| Lo que cuesta llegar a las dichosas antenas... |
| ¡Coronado! Ha sido muuuy duro |
Coronado el puerto, arranca un breve descenso que concluye en el lugar en el que arranca otra implacable pista cargada de piedras y surcos. En la lejanía, mientras me esfuerzo por no descabalgar, observo a un par de participantes que suben empujando la bici y, en vez de tomármelo como excusa, empleo su visión como acicate para seguir avanzando a trompicones. Error. A unos 100 metros para coronar, y cuando ya tengo a uno de los dos a tiro, la rueda trasera se queda clavada en un surco e hinco la rodilla, pero en sentido literal.
El golpe me deja un par de heridas muy superficiales que no
revisten importancia alguna, pero que, al menos, me servirán para recordarme
que ni aquí ni en ningún ámbito de la vida conviene pasarse de listo.
| Els Mollats, el lugar en el que me pasé de listo |
| Hice pocas fotos, pero las vistas fueron, por momentos, muy chulas |
Tras coronar este pedregal, que recibe el nombre de Els Mollats, me tomo lo que queda de etapa con una tranquilidad tremenda, decidido a no cometer más errores ni a forzar más las piernas. De este modo, cuando alcanzo Prades, lo hago con una sonrisa, consciente de que el día ha ido bastante bien y de que aún me queda bastante gasolina en el depósito. Además, llego con tiempo de sobra para lavar la ropa, darne una larga ducha, cenar en condiciones y descansar. Un pequeño premio para una gran jornada de pedaleo.
| Prades, parada y fonda. Mañana más |
[* La foto de portada, en la que sólo se me intuye de lo rápido que voy 😉, lleva la firma de Roger Recasens, uno de los fotografos de Pedalma] .
ALGUNOS DATOS
- Distancia: 185,19 km.
- Desnivel acumulado: 3.031 m.
- Velocidad media: 17,3 km/h
- Velocidad máxima: 60 km/h
- Tiempo total de pedaleo: 12h 25' 21"
- Hora de salida: 06:00
- Hora de llegada: 18:40




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