The Capitals (Día 4): Collada de Tosses - Caldes de Malavella
"Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades". MIGUEL DE CERVANTES – Don Quijote de la Mancha (1605/1615)
El cuarto día de The Capitals arranca otra vez de forma inesperada. Tras tantos encuentros, había acordado con Belén iniciar juntos la jornada, pero, poco antes de salir, cuando ambos coincidimos en recepción para recoger la bolsita de desayuno que nos habían dejado preparada, ella me comenta que ha pasado mala noche y que, como no se encuentra muy allá, prefiere esperar un rato y salir más tarde. Como entiendo que en estas pruebas lo importante es escuchar al cuerpo y seguir tu propio ritmo, le deseo lo mejor para el día y me despido de ella con cierta pena, ya que intuyo que será la última vez que nos veamos en persona…
Sobre la bici, el día depara un inicio plácido: un descenso
de tres kilómetros por asfalto. Me ensimismo tanto contemplando el paisaje
teñido de la luz tenue del amanecer que casi me salto el primer desvío y que,
en consecuencia, encaro el primer rampón con más desarrollo del adecuado.
Resultado: pie a tierra y a empujar durante unas cuantos metros, los necesarios
para alcanzar una zona en la que poder arrancar de nuevo sin patinar.
| Normal quedarse ensimismado |
El ascenso hasta la Collada de Tosses propiamente dicha (yo
había pernoctado en el puerto) implica una buena sudada, ya que, tras un primer
tramo de sube y baja, las rampas van cogiendo fuerza a medida que se acercan a
la zona más alta. Las piernas no giran con la soltura que me gustaría y por
ello empiezo a mirar con cierta
preocupación al futuro inmediato, ya que me he propuesto llegar hasta Girona…
| Tramo duro, pero muy bonito |
Pero si algo he aprendido desde que empecé con las rutas
largas y de varios días es que siempre hay que dar tiempo al tiempo. Por ello,
nada más coronar, acallo estas voces y encaro el largo tramo de descenso hasta
Ribes de Freser. Al poco de iniciarlo, la pista pedregosa que me acompaña desde
hace un buen rato desemboca en una carreterita y me hago a la idea de que en un
plis plas estaré ya tranquilamente desayunando. Pues no. Apenas tres kilómetros
después, hay que abandonar este paraíso asfáltico e internarse por un camino
que depara desnivel, piedras y surcos y
que ni siquiera resulta cómodo cuando se transforma en una pista hormigonada.
Al final, sobre el kilómetro 31 de la etapa, alcanzo la
GI-5217 y, como poseído por el ansía de desayunar, me pongo a pedalear como un
demente hasta alcanzar una localidad gerundense en la que no paro de dar
vueltas hasta que encuentro un sitio en el que tomarme un gran café con leche
y, de paso, un croissant relleno de jamón y queso.
El café, uno de los mejores que he probado en mucho tiempo
(o quizá fueron sólo las ganas que tenía), me sienta de lujo, tanto que
reemprendo la marcha con una inesperada ligereza. Las pedaladas salen solas y
comienzo el larguísimo ascenso hasta la Collada de Tregurà con la sensación de
haber dejado atrás las malas sensaciones del inicio del día. Por si fuera poco,
la subida se interna en la montaña a través de una pista asfaltada que facilita
el avance. De repente, se desata mi ilusión y comienzo a valorar la idea de
acabar el día más allá de Girona.
| Ribes de Freser (Girona) ya va quedando atrás |
Estas cuentas de la lechera comienzan a moderarse cuando el
asfalto deja paso a una pista que, a medida que gana altura, muta en un río de
piedras (según me comentaron después, debido a la erosión provocada por el paso
de las motos durante los fines de semana). Agacho la cabeza y me esfuerzo por
encontrar un trazado lo más limpio posible, tarea ímproba que apenas encuentra
recompensa, puesto que hay cantos por todos los lados, algunos de tamaño
considerable. Para rematar, cuando levanto la mirada, sólo veo desnivel y
piedras. Desalentador.
Finalmente, y tras un tiempo que se me antoja eterno,
alcanzo un primer collado (foto de portada). Aquí, echo un vistazo al perfil y compruebo que aún
restan otros cuatro kilómetros de subida suave, así que pospongo la idea de
hacer una parada más larga hasta que, de una vez, se atisbe la bajada. Este
tramo resulta visualmente muy bonito, aunque la falta de lluvias ha
transformado lo que deberían ser verdes praderas en un inmenso tapiz amarillo pardusco…
| Paisaje descolorido |
Llegado a ese punto donde la pista se desploma, tampoco termina de satisfacerme la idea de parar allí mucho tiempo, ya que el agua que llevo está calentorra y lo que de verdad me apetece es una Coca-Cola bien cargada de hielos… Por tanto, me detengo lo justo y encaro un largo descenso que, en su primera parte, no es nada cómodo. Piedras, regueros, piedras, surcos, piedras, curvas cerradas, piedras, pequeños areneros, piedras… Y así hasta Tregurà de Dalt, localidad en la que aparece el asfalto y desde la que, ya sí, se puede disfrutar plenamente de la bajada hasta Camprodon.
| Allí, al fondo y abajo, se atisba Camprodon (Girona) |
En la coqueta localidad gerundense, y mientras me como una
bocadillo de fuet y sacio mi ansia de azúcar y cafeína, tomo una decisión
importante. Y es que, entre que me veo bien, que estoy animado y que José
Berrío sigue alentándome con sus impagables Whatsapp, determino que voy a
intentar llegar más allá de Girona. Además, al echar un vistazo a Google Maps compruebo
que, 25 kilómetros después de la capital, en Caldes de Malavella, hay un
alojamiento que podría cuadrarme.
| El rio Ter, a su paso por Camprodon |
| El Pont Nou de Camprodon |
Animado por el reto, y tras renovar el agua de los tres bidones que llevo, me pongo en marcha dispuesto a pedalear unos 125 kilómetros (llevo más o menos 70) por un terreno que será bastante favorable, pero que, intuyo, esconderá alguna que otra trampa. Spoiler: sí.
Hasta Olot, situado en torno al kilómetro 110, toca
atravesar La Garrotxa, curiosamente, y pese a encontrarse a una altitud más
baja que los Pirineos, el territorio más verde por el que circula la ruta. El
sector es una sucesión de carril bici, pequeñas carreteras y caminos que
resulta muy gratificante, pero que también esconde varios repechos y, sobre
todo, un pequeño tramo de pateo que, al no esperármelo, se me atraganta como un
polvorón reseco.
| Verdor inesperado. La Garrotxa (Girona) |
Afortunadamente, este inesperado esfuerzo no me pasa una
gran factura. Además, en Olot, paro a comprar otra vez bebida fría (¡increíble
lo que estoy bebiendo!) y descubro que me encanta el Sunny Delight… Lo compro
por descarte al no haber otra cosa que me llame la atención y me bebo la
botella de medio litro casi de un trago. Otra cosa no, pero estas aventuras
sirven para tragar cualquier guarrada sin miramientos.
Tras salir de Olot, y con Lorenzo apretando de lo lindo, me
incorporo a la Vía Verde del Carrilet Olot-Girona, infraestructura que habrá
que seguir en su totalidad hasta la capital gerundense. Al principio, el
trayecto pica hacia arriba y se agarra más de la cuenta, pero una vez cruzada
la localidad de Vilallonga, empieza a perder altura y se interna en una zona
mucho más boscosa. Poco a poco, y al tiempo que baja la temperatura, la bici
coge velocidad y así, como por arte de magia, voy quemando kilómetros con una
soltura que dispara mi ánimo y lo sitúa en casi un punto quijotesco. Y es que,
por un momento, hasta me planteo hacer todo lo que queda de carrera del tirón,
sin parar a dormir…
| Foto nefasta de la Vía Verde... Al menos, se intuye cómo es |
Afortunadamente, esta idea loca se desvanece rápido. Por
muchos motivos, pero sobre todo por uno: no tengo necesidad alguna de arriesgar
circulando de noche y cansado por zonas que no conozco y que, además, sé que presentan tramos duros
y complicados.
Para terminar de acallar estas voces malignas, mi culo se
rebela y emite nuevas señales de alerta. Lógicamente, llevo ya la zona en
cuestión bastante tocada, pero es aquí, cuando después de tanto tiempo sentado,
siento la imperiosa necesidad de parar y echarme medio bote de crema.
Justo antes de reemprender la marcha, echo una mirada al móvil y cruzo unos mensajes con Belén. Me dice que sigue un poco tocada y que va a hacer un reset justo antes de Olot. Eso sí, también me deja claro que hará todo lo posible por acercarse a Girona. Hace sólo cuatro días que la conozco, pero ya sé que, con ese espíritu guerrero y esa actitud tan positiva que tiene, lo va a lograr. Spoiler: sí.
Aunque la vía verde va aplanándose a medida que se acerca a
Girona, la realidad es que sigo avanzando a buen ritmo y que, casi sin darme
cuenta, me interno en sus preciosas calles tras un bonito tramo a orillas del río Ter.
Allí, junto al curiosísimo bar Hors Categorie, troquelo por cuarta vez la
cartilla de seguimiento de la ruta, me tomo un Aquarius y descanso lo justo
para afrontar el tramo final de la etapa.
| Girona, una ciudad top |
| Girona, bien merece una visita tranquila |
Este sector, alterna zonas de asfalto y pista que, por tener un pelín de
inclinación en algunas zonas, se me empieza a hacer bola (¡ay, iluso, y querías
llegar hasta Barcelona!). Para evitar males mayores, saco una pequeña bolsa de
patatas fritas que me había quedado del picnic del desayuno, la coloco abierta
en la bolsa delantera y sigo avanzando mientras doy buena cuenta de ella. Sin
duda, un buen truco para mantener distraídos mente y estómago en días así.
Gracias a la energía (¿?) que me brinda este snack y a que,
justo antes de llegar a Caldes de Malavella, toca pedalear por un senderito
bien chulo entre pinos, alcanzo el final de etapa con cierta solvencia y, sobre
todo, una enorme satisfacción personal. Además, en un bar del pueblo, logro que
me den de cenar rápido y bien y, acto seguido, me meto en el hotel con tiempo
de sobra para lavar un poco la ropa, dejar todo listo para el día siguiente y
tumbarme en la cama con tiempo para dormir 5-6 horas. No me gusta lanzar las
campanas al vuelo, pero siento que tengo ya el reto al alcance de mi mano y que
mañana puede ser un día muy emocionante…
| Sendero fin de fiesta. Disfrutón |
[A veces, no hay un motivo que justifique la canción que me
acompaña mayoritariamente durante toda la jornada, pero luego uno se da cuenta
de que, como en este caso, le viene como anillo al dedo a lo vivido… (por aquí,
el enlace a la traducción al castellano). Y además, mira, aprovechando que
Oasis siempre fue uno de nuestros nexos de unión, le voy a dedicar esta crónica
a mi gran gran amigo Javi, que anda un poco fastidiado últimamente. ¡Mucho ánimo!
¡Live forever, mate!]
(Oasis – Live forever)
ALGUNOS DATOS
- Distancia: 195,44 km.
- Desnivel acumulado: 2.509 m.
- Velocidad media: 16,8 km/h
- Velocidad máxima: 56,7 km/h
- Tiempo total de pedaleo: 11h 39' 30"
- Hora de salida: 06:06
- Hora de llegada: 20:17
jajajaa No podía ni sospechar que el Sunny Delight hubiese sobrevivido a los tiempos de la IA y las nuevas legislaciones sobre las bebidas azucaradas.
ResponderEliminarAhora, a esperar el siguiente capítulo deseando que se cumplieran las emocionantes expectativas. Un saludo.
Jajaaja. A mí siempre me había parecido una especie de brebaje radioactivo con ese color tan intenso, pero lo cierto es que me gustó mucho y me sentó bastante bien.
EliminarSi todo va bien, yo creo que la semana que viene remato ya el serial. ;)
¡Un saludo!
Hoy, sólo con la frase de arranque, ya me has ganado. Touché!
ResponderEliminarPor otra parte, decirte que con esas piernas y pulmones que te gastas, te da de sobra para mayores kilometradas al día. Eres un crack! En breve te veo haciendo compañía a Samuel.
¡Abrazaco!
Ese tal Cervantes sabía algo de la vida... Yo creo que en el Quijote puedes encontrar frases para todo.
EliminarBueeeeno, vamos haciendo piernas y pulmones, pero para llegar al nivel de Samuel necesitaría dos o tres vidas. Eso sí, es un absoluto referente de esto, y no sólo por su condición física, sobre todo, por su actitud y manera de vivir la larga distancia.
¡Abrazo, amigo Sancho!