Madrid 360 (Día 2): Lozoya - Madrid

— “Algún día no muy lejano pocos recordarán lo que pasó”.
— “No te hagas mala sangre. Es ley de vida. Al final, siempre gana el olvido”.  FERNANDO ARAMBURU -  Patria (2016)

Recorrer algo más de 160 kilómetros y superar unos 2.500 metros de desnivel acumulado en 11 horas. Ese es el reto de hoy. Sí, para tener más margen, podría haber alargado el día anterior o haberme levantado antes, pero por el momento no siento la necesidad ni de pasar noches en vela ni de ponerme más en riesgo de la cuenta. Además, creo que, salvo contratiempo o debacle, dispongo de tiempo suficiente para llegar a casa antes de las 18:30 y dar por superado el reto.

Tras pasar una muy buena noche en Ciclolodge, establecimiento de Lozoya que está directamente relacionado con los organizadores de Madrid 360 y que me lo ha puesto todo facilísimo (¡mil gracias!), enciendo las luces y me lanzo a pedalear. Son las 07:19 y la noche es aún bastante cerrada, así que en cuanto abandono el núcleo urbano y me interno en la montaña, soy abrazado por una agradable oscuridad.

El amanecer me alcanza justo antes de coronar la primera subida del día, el Collado de los Espinosos. Aunque presenta algún tramo duro, lo cierto es que tramito el ascenso con una esperanzadora solvencia. Tras la paliza del día anterior, siento que aún me quedan fuerzas suficientes para cerrar otro día que pinta tan largo y duro como bonito y emocionante.

Comienza a amanecer en la subida al Collado de los Espinosos

"Voy a hacerte recordar
lo que no quieres ser,
lo que eres sin querer,
lo que ya no podrás hacer."

Lozoya y su embalse ya quedan atrás. In situ, no se veía tan claro 

Al tiempo que disfruto de un precioso amanecer y de una temperatura que, aún siendo fresca, resulta muy agradable, completó el descenso, atravieso Navarredonda y me dejo caer a San Mamés, localidad a la que habrá que regresar en breve, tras realizar un bucle de algo más de 10 kilómetros.

Un bellísimo amanecer. Montar en bici siempre compensa

Este circuito contempla un inclinado tramo por la pista que asciende hasta la Chorrera de San Mamés -un  bello lugar de la Comunidad de Madrid que aún no conozco-, una amena bajada por un camino sin grandes complicaciones técnicas y una subida pestosilla por carretera hasta una localidad en la que hoy sí, puedo hacer una foto a su coqueta iglesia sin que haya ningún coche aparcado justo delante.

Por aquí se acaba la subida

Y luego toca disfrutar de una preciosa bajada

"Voy a hacerte recordar
lo que ya no será,
lo que ya no tendrás,
lo que ya no podrás tener".

La coqueta Iglesia parroquial de San Mamés. ¡Sin coches aparcados!

Con el estímulo de parar a redesayunar antes de emprender la siguiente gran subida, dejo atrás Pinilla de Buitrago y Gargantilla del Lozoya y me presento en Canencia. Aquí, además de para comer algo y tomarme un café calentito al sol, aprovecho la parada para quitarme ropa de abrigo y poder encarar el ascenso con el motor más refrigerado.

Aunque hace años que no subía por la pista que trepa hasta el puerto de Canencia, sí recordaba que tenía un inicio duro, algún descanso intermedio y varias rampas de consideración en su parte final. Todo ello se cumple, por lo que lo único que me sorprende es que el camino presenta muchas zonas llenas de piedras y palos arrastrados por las últimas lluvias, grandes surcos y lugares en los que resulta imposible encontrar una trazada limpia. Por un momento, la sensación es la misma que cuando en The Capitals subí la Collada de Tregurá: mirar hacia adelante y no ver más que piedras y desnivel. Por suerte, esta subida es mucho más corta que la ilerdense y, antes de que empiece a quemarme más de la cuenta, logro alcanzar la cima. 

Arranca la subida al puerto de Canencia

Por allí abajo sube la carretera

"Dormir bajo un cielo
estrellado y sincero,
regalarte el mundo entero,
ser el único, el primero".

Pedregal inesperado. Y esta zona no es de las peores

Ya estamos arriba

La bajada hasta Canencia pueblo resulta agradable, pero en el repecho que hay justo en medio empiezo a notar que las piernas no van ya tan finas como me gustaría. De hecho, el posterior ascenso por asfalto hasta Bustarviejo se me atraganta de una forma considerable. Malas noticias, ya que el menú me depara de inmediato un tramo del que guardo un mal recuerdo…

Hace mucho años, me apunté a una prueba por etapas que se llamaba  (y se llama, aunque ahora con otro formato) Sierra Norte Bike Challenge. En la tercera y última, el recorrido discurría desde Bustarviejo hasta La Cabrera por casi los mismos caminos que debo pedalear hoy. Lo que mi memoria guarda es que sufrí bastante en la traicionera subida al Medio Celemín, que parece que no, pero sí, y que, después, en la zona de bajada, fui arrollado por un participante que, en vez de esperar un mejor tramo para adelantar, quiso hacerlo en un lugar sin espacio, me golpeó el manillar y me hizo salir lanzado por encima de la bici… Afortunadamente, pude levantarme y completar la prueba con unas cuantas heridas sin mayor importancia, aunque allí mismo comencé a enterrar mis ganas de participar en carreras, ya que aquel personaje, del que recuerdo nombres y apellidos, apenas balbuceó una disculpa y salió disparado sin prestarme ni la más mínima ayuda.

Al fondo, el paso del Medio Celemín, que parece que no, pero sí

"Voy a hacerte recordar
que no eres de verdad,
que no eres nadie ya,
que ya nunca nadie serás".

La localidad de Valdemanco, desde la subida al Medio Celemín

Quizá por ello, por el cansancio acumulado o por haber descuidado un poco la alimentación, este sector se me hace bola. El Medio Celemín, pues lo dicho, que parece que no es muy duro, pero que cómo se agarra. Y luego, la bajada, que parece cómoda, pero ojo con los surcos, las piedras y las curvas cerradas. Y luego, el repechito hasta La Cabrera por lo queda de la antigua N-I, que pica que no veas… Total, que llego a la localidad que preside el imponente y bellísimo Pico de La Miel -formación rocosa que me fascina- bastante tocado  y con el depósito vacío.

Hasta La Cabrera aún quedan repechos. Algunos bonitos...

Y otros feos y pestosos

Tras probar en un bar en el que me dicen que ya no me pueden dar nada para comer, intentarlo en otro en el que el camarero no da abasto y pasa olímpicamente de mí, decido meterme en una gasolinera, comprar un barra, algo de embutido y un batido y sentarme en un banco a comer.

"Voy a hacerte recordar
lo que ya no será,
lo que ya no tendrás,
lo que ya no podrás tener".

Ni esta parada ni la posterior bajada de La Trampa por carretera sirven para mucho. Voy tostado,  y en cuanto arranca el sector de pistas del Canal de Isabel II que me llevará hasta El Molar asumo que, a partir de ahora, tocará avanzar con el modo supervivencia activado. Mi nivel de agotamiento es tan relevante que este tramo que me pareció muy asequible y agradable en una larga ruta que hice unos meses atrás se convierte en un tormento.

Camino a El Molar. Al fondo queda ya la Sierra de La Cabrera y el Pico de la Miel

Un clásico tramo de las pistas del Canal de Isabel II

Pasado El Molar, toca subir hasta la Atalaya. Por este lado, el ascenso es corto, pero incluye una calle muy empinada que no hace más que ahondar en mi creciente cansancio físico y mental. Por ello, paro un instante a tomar una foto y prosigo en busca de su corta y vertical bajada,. Ahora mismo, lo que necesito es sentir que avanzo sin hacer esfuerzo…

Lo que se ve desde la Atalaya. Uno ya se imagina por qué la construyeron aquí

"Dormir bajo un cielo
estrellado y sincero,
regalarte el mundo entero,
ser el único, el primero,
el centro del universo,
el corazón y el cerebro,
ser la magia,
ser el mundo entero".

Este descanso activo finaliza en San Agustín de Guadalix, porque allí mismo arranca la última gran subida del día. Se trata de nueve kilómetros en los que habrá que superar varias rampas duras, un par de falsos llanos y un achicharrante tramo por la M-104 Por aquí, soy adelantado por un carretero que me levanta las pegatinas y ni se molesta en saludarme.

Ya se ven las torres de Mordor en el horizonte

Coronado este sector, retomo una pista que, tras un primer repecho, se desploma en busca de, nuevamente, los caminos del Canal de Isabel II. Una vez alcanzados, habrá que seguir su serpenteante y quebrado trazado hasta el carril bici de Colmenar.  El tramo, por el que ya he rodado en varias ocasiones, se me hace eterno y dispara mi sensación de abatimiento hasta límites inesperados. Intuía un desplome, pero la realidad es que desde hace ya un par de horas no veo el momento de llegar a casa.

Los también clásicos acueductos del Canal de Isabel II

"Voy a hacerte recordar
lo que no quieres ser,
lo que eres sin querer,
lo que ya no podrás hacer".

En condiciones más o menos normales, el carril de la M-607 no habría sido más que un mero trámite, pero voy tan tostado que me veo obligado a parar en una gasolinera a comprarme una Coca-Cola y comer algo para poder completarlo y alcanzar, al fin, el tramo de Anillo Ciclista que me separa de casa y que, ya sí, no contempla dificultad alguna.

El Anillo Ciclista a su paso por Montecarmelo. Venga, que esto ya está

Finalmente, a las 17:29, con aproximadamente una hora de margen, desencalo justo en el portal de casa y doy por completado el reto. He llegado destruido, pero he llegado. Aunque el olvido siempre gana la partida, creo que esta jornada la voy a recordar durante mucho tiempo.

"Voy a hacerte recordar
lo que ya no será,
lo que ya no tendrás,
lo que ya no podrás tener.

Voy a hacerte recordar
que no eres de verdad,
que no eres nadie ya,
que ya nunca nadie serás".

(La Habitación Roja – Voy a hacerte recordar)

ALGUNOS DATOS

- Distancia: 162,19 km.

- Desnivel acumulado: 2.547 m.

- Velocidad media: 17,5 km/h

- Velocidad máxima: 57 km/h

- Tiempo total de pedaleo: 9h 15' 56"

- Hora de salida: 07:19  

- Hora de llegada: 17:39



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