Montañas Vacías (Día 3): Zaorejas - Zafrilla

"No quería reflexionar sobre su vida desbaratada. Deseaba sólo sentir, dejar crecer la melancolía ante la belleza que proponía el paisaje y que alentaba el recuerdo de Beatriz". JAVIER REVERTE – Todos los sueños del mundo (1999).

Con incertidumbre. Así inició la tercera jornada de Montañas Vacías. En estos últimos tiempos, he realizado varias rutas largas de un par de días y ya sé, más o menos, cómo va respondiendo mi cuerpo, pero desconozco su reacción a un tercer día de esfuerzo en el que, además, tocará pedalear por la siempre exigente Serranía de Cuenca.

Por ello, cuando me pongo en marcha, lo hago con una relajación tremenda, decidido a disfrutar del amanecer y de un terreno que, de entrada, no resulta muy exigente. El recorrido va ganando altura, sí, pero lo hace sin prisa, rascando metros con delicadeza. Pero esto es Montañas Vacías y aquí se regala entre poco y nada, así que, tras 10 kilómetros plácidos, giro a derechas y entro en un pedregal que me acompañará durante unos 4,5 kilómetros. No es que sea duro, pero sí requiere concentración, ya que hay zonas en las que los cantos han sido colocados a bastante mala idea.

Qué delicia pedalear bajo un cielo así...

La zona buena de pistas, camino a Valsalobre

Superado este tramo y un breve enlace de carretera, me interno de nuevo en los pinares, rumbo a Valsalobre. Por aquí, justo antes de una vertiginosa bajada hasta la citada localidad conquense, soy atrapado de lleno por el espíritu de la ruta. De repente, en un lugar con vistas despejadas, el corazón me dice que pare, que contemple el horizonte y me emborrache de la felicidad del momento. No es, ni de lejos, el lugar más bonito del recorrido, pero es allí donde siento que estoy cumpliendo un pequeño sueño. Y que hay que disfrutarlo a tope.

Para, observa y disfruta...

Llegando a Valsalobre

Quizá, este inesperado subidón tiene que ver con el hecho de que siento las piernas ligerísimas. Donde debería reinar el cansancio, lo que domina es una tan extraña como emocionante sensación de solvencia al pedalear.  Tanta que, casi sin darme cuenta, dejo atrás Valsalobre y me presento en Beteta sin haber gastado ni media bala. Cómo cambia este deporte cuando tienes un día tonto y todo parece tan fácil

¿Cambiamos de bici? Valsalobre (Cuenca)

"Parecía tan fácil y todo lo que hacía
era encerrarme en mi pequeño mundo
tan lejos del tuyo, no era mi intención,
tenías razón, no había otra opción".

Disfrutando del día tonto. Beteta (Cuenca)

Entre que voy como quiero, que vuelvo a desayunar con ganas y que cumplo con la misión de salir con los botes de agua bien llenos (ojo a la fuente de la foto 😉)  y un bocadillo en la bolsa delantera, encaro las dos subidas posteriores con el ánimo por las nubes. Conozco parte de este tramo, ya que transité por él en Por el camino más largo, y sé que hay zonas durillas, pero sigo avanzando con la sensación de ir sobrado. Disfruto del paisaje, de las vistas a la Laguna Grande de El Tobar y el embalse de La Tosca, de la soledad y tranquilidad que reina en la zona y disfruto, sobre todo, del inmenso placer de pedalear sintiéndome tan libre. Ya sé que todo este cúmulo de emociones es efímero y que, como suelo decir, más temprano que tarde vendrá el tío Paco con las rebajas, pero dado mi historial más reciente, suelto amarras y me dedico a disfrutar del momento.

La fuente de Beteta. Sin comentarios 😜

Cuando hay piernas, no hay rampa que se resista

El embalse de la Tosca, otro bonito paraje conquense

Voy tan emocionado que tramito con facilidad enorme un repechón pedregoso que nace justo donde acaba el asfalto y que, casi en un abrir y cerrar de ojos, digiero una sucesión de caminos cada vez más incómodos que me dejarán en una zona súper abierta de la inmensa y remota Serranía de Cuenca. Por cierto, si no me equivoco, este paisaje, que ahora impresiona por la casi total ausencia de grandes árboles, es el resultado de los terribles incendios que, en 2009, asolaron esta zona.

Caminos con miga por la Serranía de Cuenca

"Era tan necesario tenerte a mi lado
para no derrumbarme, para evitar herirte,
para evitar hundirme, poder desahogarme
y dejar de mentirme y, al fin, decidirme".

Pinos resistentes al paso del tiempo... y los incendios

En esta zona tan aparentemente alejada de la civilización, recuerdo la frase de un Youtuber que hizo la ruta: "Serranía de Cuenca. Por aquí, no está ni el Tato". Curiosamente, justo cuando estoy a punto de darle la razón, aparece el Tato conduciendo un Suzuki. Me saluda con una sonrisa y desaparece tras una nube de polvo…

A punto de cruzarme con el Tato...

Tras el fugaz encuentro, emprendo un rápido descenso, cruzo una pista asfaltada e inicio el ascenso hasta el punto más alto del día. Se trata de un camino que arranca suave y que va cogiendo brío a medida que comienza a trazar curvas de herradura y se acerca a la cima. Sea como fuere, yo sigo como si nada, acumulando metros de desnivel sin apenas notar picor en las piernas…

Rematando la súbida al punto más alto del día

"Y ahora en la habitación todo tiene otro color,
es tan diferente, me tatuaré tu nombre en la piel,
así que no se te ocurra desaparecer".

A esta subida le sigue una bajada que, de primero, depara un terreno pedregoso y torturante; de segundo, una pista en la que la bici empieza a correr, y de postre, una zona de asfalto por la que me puedo dejar caer sin prisa y sin dar muchos pedales hasta el embalse de La Toba. ¡Qué gozadaaaaaaaa!

Zona de disfrute máximo

Por cierto, durante el descenso, cruzo un saludo lejano con un ciclista que se encuentra sentado en una sombra comiendo tranquilamente. De él, sólo me quedo con que lleva gafas y porta un maillot rojo de manga larga… 

"Cómo cambian las cosas, cómo ha cambiado todo,
cómo se abren mis ojos buscando tu mirada,
tu expresión, tu llamada, lo hice cada noche
pero no contestabas, creí que abandonabas".

Al alcanzar la CM-2105, decido parar a comerme el bocadillo mirando al embalse. El plan parece atractivo, pero entre que no encuentro una sombra agradable y que llevo el agua a temperatura de caldo, opto por pegar tres bocados y poner rumbo a Beamud, donde sé, a ciencia cierta, que hay una fuente por la que brota un agua fresquísima.

El embalse de La Toba con sus llamativas aguas verdes

El acertado cambio de estrategia me permite disfrutar de un descanso mucho más gustoso, en el que, además, aprovecho para sacar un rato los pies de las zapatillas.  Quizá por ello, porque me demoro demasiado o, simplemente, porque su ritmo es más alto que el mío, el ciclista de rojo me da alcance justo cuando yo estoy a punto de reanudar la marcha. Se para, me saluda y sonríe, limpia sus gafas y se queda rellenando los bidones mientras yo comienzo a pedalear.

"Ahora te tengo a mi lado, haremos todo aquello
que habíamos planeado, recuperando el tiempo
que dejamos a un lado, no quiero lamentarlo,
solo recuperarlo, nunca más separarnos".

A la salida de Beamud, la subida que nace desde las orillas del embalse vuelve a coger fuerza y cambia asfalto por tierra. Mis sensaciones siguen siendo buenísimas, pero en un abrir y cerrar de ojos el ciclista de rojo me pasa como una flecha. Otro saludo rápido, otra sonrisa y adiós. Aunque me esfuerzo por no perderle de vista, la realidad es que también baja más rápido que yo y en nada desaparece de mi radar. Buena cura de humildad…

El ciclista de rojo, poniendo tierra de por medio

Sin nadie a quien perseguir, alcanzo Valdemoro-Sierra, localidad por la que ya pasé en ¡Cuenca, qué preciosa eres! Por entonces, recuerdo que me detuve a llenar botes en sí, justo esa fuente en la que hay un ciclista de rojo limpiándose las gafas… Eso sí, esta vez no hay ni saludo ni sonrisa porque está de perfil y no se percata de mi paso.

Últimos metros antes de Valdemoro-Sierra (Cuenca)

"Y ahora en la habitación todo tiene otro color,
es tan diferente, me tatuaré tu nombre en la piel,
así que no se te ocurra desaparecer".

Con la sensación de que el ciclista guadianesco volverá a pasarme en cualquier momento, encaro la última fase de la etapa, un tramo de unos 26 kilómetros por carretera que comprende dos subidas entre serias y muy serias y un tramo intermedio en el que no hay apenas un metro de llano. Por ello, no dudo ni un segundo en parar más o menos en la mitad, en Huerta del Marquesado, a comprarme una Coca-Cola y comer algo. Y sí, justo en el momento en el que voy a reiniciar la marcha, mi amigo, el de rojo, aparece por allí. Otro saludo y otra sonrisa.

Un pasajero inesperado 🥰

Aunque supero los 140 kilómetros y me sigo encontrando francamente bien, el ascenso final que despunta a la salida de Laguna del Marquesado resulta un examen muy exigente. La carretera, descarnada, dibuja rectas interminables y se inclina hasta alcanzar el 20 por ciento de desnivel… Como de costumbre, toca dibujar eses y sacar brillo al piñón de 51 dientes.

El inicio de la letal subida

Rampones guapos

A los tres kilómetros, la pista se desploma. Maldita gracia, porque el desnivel perdido hay que recuperarlo después en otros dos kilómetros matadores que parecen no tener fin. Afortunadamente, una vez que se alcanza el punto más alto, sólo hay que dejarse caer hasta Zafrilla, punto final para una etapa bella, dura y emocionante y para, también, uno de los mejores días que he pasado encima de una bicicleta. Mañana seguro que será otra historia, pero de momento, a disfrutar de las sensaciones y del descanso.

Y al fin, Zafriiiiiiiillaaaaa (Cuenca)

"Y ahora en la habitación todo tiene otro color,
es tan diferente, me tatuaré tu nombre en la piel,
así que no se te ocurra desaparecer,
paradigmática acción, quizás decisión,
habló de amor el verdugo que aireó tu pasión".

(La Habitación Roja – Mi habitación)

ALGUNOS DATOS

- Distancia: 147,71 km.

- Desnivel acumulado: 2.770 m.

- Velocidad media: 17,2 km/h

- Velocidad máxima: 61,8 km/h

- Tiempo total de pedaleo: 8h 35' 16"

- Hora de salida: 07:06  

- Hora de llegada: 16:47

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