Madrid 360 (Día 1): Madrid - Lozoya
"La inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiera pensar, se pararía". FERNANDO PESSOA – Libro del desasosiego (1982).
Madrid 360 es, como su nombre ya sugiere, una prueba de
gravel que consiste en dar una vuelta circular de unos 360 kilómetros por la
Comunidad de Madrid. Y hacerlo, además, en un tiempo máximo de 36 horas. De las
dos ediciones que hasta el momento se han celebrado (el evento retornará en 2027), yo me decanté por el recorrido de 2025, el más duro de los dos
propuestos. Eso sí, como lo de lidiar con el tráfico de la capital lo llevo
fatal (la ruta parte y finaliza en la Puerta del Sol), decidí arrancar y
terminar en la puerta de casa, motivo por el que la distancia total de mi
aventura se situó en torno a los 353 kilómetros. Lo adelanto ya, que a algunos
os estoy viendo venir… 😝
A este reto le tenía ilusión y miedo a partes iguales. Sobre todo, al primer día, una jornada en la que el objetivo era alcanzar Lozoya tras unos 190 kilómetros y la friolera de casi 4.000 metros de desnivel acumulado. De hecho, cuando me lanzo al ruedo, lo hago consciente de que necesito rozar casi la perfección para poder superar esta primera etapa con margen y fuerzas para poder rematar la faena al día siguiente.
El reloj del GPS marca las 07:09 en el momento de la primera
pedalada, así que, para cumplir con el reto, acepto que debo estar de vuelta el
sábado a las 19:09. Bueno, como sé que van a salir menos kilómetros, me fijo el
tiempo límite en torno a las 18:30. Cualquier cosa con tal de no tener que callejear
por Madrid…
| El lago de la Casa de Campo. Arrancamos |
Durante los primeros kilómetros, el track invita a cruzar la
Casa de Campo, atravesar la elitista Somosaguas, callejear por Pozuelo, bordear
el campo de golf Las Rejas y dejar atrás la urbanización Bonanza… Conozco muy
bien toda esta zona y considero que el recorrido se podía haber planteado de
una manera más lógica y con menos tránsito de coches, pero como quiero ser fiel
al trayecto marcado, hago de tripas corazón y me esfuerzo por despachar cuanto
antes toda esta zona que, además, me toca recorrer bajo la luz de los focos.
| Psicodelia... Ni que viniera uno de empalmada |
Por fortuna, todo empieza a cambiar a partir del kilómetro
20. Aunque todavía habrá que torear algún que otro vehículo por las
inmediaciones de Villafranca del Castillo, las vistas comienzan a abrirse y la
tierra empieza a ganarle terreno al asfalto. Además, el sol asoma lo justo para poder
quitarse el cortavientos y pedalear ya tan a gusto.
| Esto ya es otra cosa |
Hasta Navalagamella, el recorrido discurre de forma mayoritaria por las pistas de servicio del Canal de Isabel II y, por ello, describe una trayectoria más bien rectilínea y con constantes toboganes, algunos de ellos con porcentajes endiablados. Voy guardando, pero aún así no logró quitarme un molesto picor de cuádriceps que se agudiza tras cada repechón. No es un buen síntoma, pero como ya me conozco, prefiero dejar pasar los kilómetros antes de ver si va a resultar un verdadero problema.
| Clásicas portezuelas y carteles de las pistas del Canal de Isabel II |
| Y sus también clásicos toboganes con hormigon rayado |
| El pequeño Embalse Cerro Alarcón |
Una vez se alcanza la citada localidad, toca encarar un largo sector por asfalto. Como sé lo que me espera, avanzo sin prisas hasta Colmenar del Arroyo y fijo Robledo de Chavela como lugar idóneo para realizar la primera parada del día.
Personalmente, siempre he considerado la carretera que une estos
pueblos como una de las más bonitas de la Comunidad de Madrid, así que,
mientras circulo por ella y constato el nivel de devastación provocado por el incendio que este verano calcinó gran parte de la Sierra Oeste, siento el
corazón encogerse hasta límites insospechados… Joder, es que hay partes en las
que todo está tan desnudo que hasta dudo de si en realidad estoy yendo por la
misma carretera que tanto he disfrutado en los últimos 10 años… Qué rabia y qué
pena.
[Un pequeño inciso. Por un momento, pensé en detenerme por aquí y hacer fotos de la zona, pero creo que le estaría haciendo un flaco favor, porque solo serviría para ahuyentar a posibles visitantes y ahora, más que nunca, es el momento de dejarse caer por allí...]
Con una tremenda desazón, despacho el repecho antes de las
antenas de la NASA (que al menos lograron sobrevivir al desastre), tramito la suave subida a la Almenara, recupero algo de fuelle en su breve descenso y supero el
pestoso falso llano que me deja a las puertas de Robledo de Chavela.
| Las antenas, al menos, sobrevivieron al desastre |
Afortunadamente, la parada del desayuno sirve para levantar mi ánimo. Por la tortilla y el café, pero también por el recuerdo de una larga ruta que realice hace unos meses con mi querido DwarfCu. Por entonces, también paramos justo aquí, en este mismo bar que hace esquina, a reponer fuerzas.
Tras el descanso, troceo mentalmente el recorrido hasta El
Escorial y me marco como primer objetivo el de alcanzar la cima del puerto de la Cruz Verde. Aunque mis piernas siguen protestando, completo el ascenso con
relativa solvencia y logró encarar los dos siguientes escalones de la subida
con bastante ánimo.
| Entre Cruz Verde y Paradilla, el mirador Ángel Nieto. Al fondo, El Escorial |
En Robledondo, tras previo paso por el alto de la Paradilla,
me despido ya del asfalto y afronto la fase final del ascenso: una pista que serpentea
por la montaña en busca de un collado y que, en su última parte, depara varias
curvas de herradura y un explosivo y pedregoso repecho final.
Tras coronar en justo ese lugar de la foto que da color a la
página Sobre mí de este blog, me detengo a tomar una instantánea. Coloco la
bici apoyada contra unas piedras que no parecen del todo estables, desoigo a mi
sexto sentido, me doy la vuelta y patapum, la bici al suelo y una marca de
recuerdo en el cuadro. Hay que ser GI LI PO LLAS (con perdón).
| Foto mirando justo hacia el otro lado, para olvidar mi cagada |
Refunfuñando, reemprendo la marcha y en nada alcanzo el alto de Malagón, punto desde el que arranca una bajada con cierta miga hasta El Escorial. Este tramo, que pertenece a la carretera de acceso a Abantos, fue ya abandonado a su suerte hace muchos años y en grandes zonas del mismo apenas quedan vestigios del asfalto. Además, hay zonas con importantes socavones, tramos en los que los que la bici se embala mucho, curvas cerradas, gravilla y, sí, también ese clásico e inoportuno repecho en mitad del descenso que te pone las piernas duras como el hormigón. Eso sí, el entorno es una pasada y, de cuando en cuando, puede atisbarse la imponente silueta del Real Monasterio de San Lorenzo de el Escorial.
| Bonitas vistas desde el alto de Malagón |
"Hoy es un día perfecto
| Asfalto en retroceso, en la bajada a El Escorial |
Justo a los pies de este espléndido edificio promocionado
por Felipe II y construido por Juan de Herrera, me detengo a tomar una
foto, a comer algo rápido y a quitarme el cortavientos con el que había
afrontado el descenso previo. Además, me conciencio para enfrentarme al pestoso
sector que me separa del arranque de la siguiente subida. La carretera es mayoritariamente
plana, pero como une dos poblaciones serranas tan populosas como El Escorial y
Guadarrama, siempre va a tope de coches.
| Vista trasera del Real Monasterio de San Lorenzo de Escorial |
Por suerte, en la dirección que llevo, el tráfico es menos intenso que en el contrario y logro salir del asfalto sin haber tenido que sacar el dedo corazón a pasear… De hecho, el único que acabo levantando es el pulgar en señal de agradecimiento a un autobús que se tomó el tiempo necesario para adelantarme correctamente. Teniendo en cuenta que los conductores de estos buses verdes que circulan por Madrid suelen ser verdaderos kamikazes, puedo calificar lo vivido como un auténtico milagro. El primero.
De nuevo sobre tierra, enfilo la subida al Embalse de La Jarosa. El ascenso, que ya había examinado en verano, depara dos tramos muy
duros y una zona intermedia suave. Por si fuera poco, me encuentro la pista
completamente arrastrada por culpa de las últimas lluvias y sufro bastante más
de la cuenta para completar el sector. Por suerte, el posterior descenso
desemboca con rapidez en una pista asfaltada que me permite bajar más tranquilo
y oxigenar unas piernas que siguen sin tener su mejor día.
| Subida al Embalse de la Jarosa. Tan bonita como dura. |
De Guadarrama a Cercedilla, me interno por una zona que no conozco. Siempre que pedaleo por estos lares, suelo tirar por los caminos y pistas que discurren más al sur, por debajo de la M-622, y hoy toca avanzar justo por los que van más arriba, pegados a las faldas de la sierra. Como presuponía, esta sección se me atraganta de lo lindo, porque no se para de ganar altura y porque el aire pega con fuerza. Además, justo al llegar a una zona que más o menos conozco, el track desoye mis suplicas de trazar una diagonal en tímida bajada hasta Cercedilla y se desploma abruptamente hasta la carretera. Total, que cuando llego a la citada vía, aún debo seguir exprimiéndome para superar otro kilómetro de generosa subida que, sin apenas descanso, se unirá al empinado callejeo por esta localidad.
| Caminitos con chicha entre Guadarrama y Cercedilla |
Antes de abandonar Cercedilla, entro en una tienda a comprar
algo de comida y bebida y me siento en un banco. Como veo que voy ya justísimo
y que los 60 kilómetros que me restan son de aúpa, decido que voy a descansar
una media hora antes de reanudar la marcha. Termino de comer, me recuesto un
poco, cierro los ojos y ante la inminente sensación de que me voy a quedar
dormido, cambio el plan y me pongo en marcha de inmediato. Me conozco y sé que
si me quedo frito, se acabó.
| Amago de siesta en Cercedilla |
Ni sé cómo, decido tirar para adelante y completar un tramo
de sendero más o menos amable que da paso a la parte más dura del ascenso. Y
entonces ocurre lo que yo calificaría como el segundo milagro del día. A medida
que avanzo por una pista bastante pedregosa y empinada, el dolor de los
cuádriceps empieza a desaparecer y la sensación de cansancio disminuye. Avanzo,
muy lento, pero avanzo. De hecho, tras una breve parada junto al llamativo
árbol de la cadena, logro alcanzar la zona de El Ventorillo mucho mejor de lo
esperado.
| El senderito reparador |
| El Calvario hace honor a su nombre, pero es un camino precioso |
| El singular y emblemático árbol de la cadena |
Animado por este logro que no hace mucho me parecía una
auténtica utopía, afronto los últimos cuatro kilómetros y medio de la subida,
los que incluyen la parte más dura del habitual ascenso por carretera al puerto de Navacerrada. El ritmo es deplorable, pero el cuerpo ya casi no protesta,
parece como aletargado. Ahora, en frío, comprendo que lo que comí y bebí en
Cercedilla (un sándwich, dos yogures, un montón de gominolas y una Coca Cola) sirvió
para rellenar lo justo el depósito y darme una vida extra.
| Puerto de Navacerrada. Lo que ha costado llegar hasta aquí... |
Para rematar este increíble proceso de recuperación, corono
Navacerrada y solvento el falso llano hasta Cotos, me abrigo, devoro el ya
último sándwich que me queda y me lanzo cuesta abajo. Entre que voy con el
cuerpo caliente, que la braga que me he puesto me tapa el audífono y me
minimiza el molestísimo ruido del aire, que no hay ni un coche y que la luz de
la tarde se filtra con dulzura entre los pinos, disfruto de una bajada
inolvidable. Es increíble lo feliz que me hace la bici, incluso en días tan duros.
Los 11 kilómetros de descenso prenden una mecha en mi
interior que resultará decisiva para superar la preciosísima subida hasta el
Carro del Diablo, la última del día. La pista asciende de forma constante, sin
grandes desniveles, y permite olfatear y saborear uno de los rincones más
mágicos de la Sierra de Guadarrama. Y es que, cuenta la leyenda que ese carro,
ahora petrificado, es el que transportaba la última piedra del Acueducto de
Segovia, la que nunca llegó a destino e impidió al diablo quedarse con el alma
de la joven que le había invocado para construir tamaña infraestructura y
librarse del suplicio de subir y bajar todos los días en busca de agua… Bueno,
también existe otra leyenda que asegura que quien se libró de perder su alma
fue Juan Guas, arquitecto de la Catedral de Segovia, quien había pedido ayuda
al diablo para reducir los tiempos de transporte de los materiales y poder
cumplir así los plazos…
| Arranca la subida al Carro del Diablo. Vaya tarde guapa se está quedando |
| Vistas desde el Mirador de Los Robledos |
| Posando junto al Carro del Diablo |
Desde este punto, lo que queda es una larga y gratificante
bajada por una pista en bastante buen estado hasta Rascafría y un último llaneo
por el Camino Natural del Valle del Lozoya. Aunque me noto cansado, la
sensación nada tiene que ver con el abatimiento de Cercedilla. De hecho, siento
una especie de euforia al comprobar lo bien que me rehecho para completar un
día que sí, al final, ha sido perfecto.
| Bajadita disfrutona a Rascafría |
| Al fondo, el Embalse de Lozoya |
| El Camino Natural del Valle del Lozoya, vistiéndose de otoño |
(La Habitación Roja – Un día perfecto)
ALGUNOS DATOS
- Distancia: 190,91 km.
- Desnivel acumulado: 3.997 m.
- Velocidad media: 17,1 km/h
- Velocidad máxima: 57 km/h
- Tiempo total de pedaleo: 11h 11' 50"
- Hora de salida: 07:09
- Hora de llegada: 19:35
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